Por Benjamín M. Ramírez
Me causa asombro la decisión de Alejandro Encinas, actual embajador de México ante la Asamblea General de la Organización de los Estados Americanos (OEA) en la que el Estado mexicano votó en abstención al considerar que la situación en Nicaragua, donde Daniel Ortega —actual presidente de la República— intenta abolir las elecciones, no constituye una amenaza a la seguridad regional.
Mi asombro va más allá de la incertidumbre. Daniel Ortega luchó contra la dictadura de Somoza como líder guerrillero del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), hasta contribuir al derrocamiento de la dictadura somocista.
Junto con Ernesto Cardenal y los hermanos Godoy, entre otros actores, impulsaron el movimiento sandinista a través de sus poemas y canciones que, en sí mismas, una denuncia social, una narrativa de la miseria y tragedia del pueblo y un llamado a urgente la insurrección armada.
Así nacieron los cánticos «Credo nicaragüense», «Vos sos el Dios de los pobres» y «El Cristo de la Palacagüina» y otras más como «Cristo, Cristo Jesús» que le dieron un toque especial a la teología de la liberación en aquel momento y un enfoque que respondía a la necesidad de la insurrección con un Dios que se pone del lado del pueblo vejado, explotado y refrenda una condena férrea a los opresores: un clamor por la paz, la justicia y la solidaridad.
Las voces más representativas de esta corriente al interior de la iglesia católica, a través de las comunidades eclesiales de base (CEB), apelaron a la lucha armada como una respuesta inmediata al mandato divino de combatir la dictadura y las violaciones de los derechos humanos que padecía el pueblo nicaragüense. El mandato evangélico era claro: tienes que defenderte, y te defendías luchando, porque el evangelio tiene implicaciones políticas.
Pero no quiero hacer una remembranza de la dictadura de Somoza ni del triunfo de la revolución armada del FSLN. Tampoco este escrito pretende ser una alabanza a la lucha encabezada por Ortega, cuya actual dictadura ha logrado superar las restricciones a las libertades impuestas por el régimen de Somoza en su momento. Ortega salió peor. Ha restringido casi todas las libertades, incluido su propósito de abolir las elecciones, y ha cometido, por sí o por interpósita persona, graves violaciones a los derechos humanos. Aquí radica mi denuncia.
Como seres humanos no podemos ser ajenos ante la desgracia por la que atraviesan los pueblos del hemisferio. No podemos ser sordos ante el grito desgarrador de quienes viven y conviven con la muerte, la amenaza, la censura y la desaparición forzada a manos de grupos paramilitares. No podemos desviar la mirada ante las atrocidades que se registran allende la frontera. No podemos ser indolentes ante la tragedia, el dolor y la muerte de un pueblo hermano como Nicaragua.
El Estado Mexicano apela a la doctrina Estrada, que ha marcado la vocación pacífica, de diálogo y conciliación, así como los principios de no injerencia, no intervención y autodeterminación de los pueblos. Si bien es cierto que apegarse a estos principios ha caracterizado al país por su decisión de no intervenir en los asuntos internos de otros Estados ni calificar sus decisiones soberanas, y que sean los propios ciudadanos quienes decidan sobre su política interior, también lo es que no puede dejar pasar la oportunidad de convertirse en puente y artífice de la paz y la negociación entre las partes beligerantes.
Ante situaciones graves como las violaciones a los derechos humanos, los crímenes de lesa humanidad —que incluye tortura, desapariciones forzadas, persecución política, violencia sexual y apatridia y muerte civil, según lo ha manifestado la ONU y la OEA—, el Estado Mexicano no puede pasar por alto el grito de auxilio de esta nación centroamericana.
Ante situaciones graves como las violaciones a los derechos humanos y los crímenes de lesa humanidad —que incluyen tortura, desapariciones forzadas, persecución política, violencia sexual, apatridia y muerte civil, según lo han manifestado la ONU y la OEA—, el Estado mexicano no puede pasar por alto el grito de auxilio de esta nación centroamericana.
“No podemos ser indiferentes ante el dolor de tanta gente”. Así lo expresa la voz de Mercedes Sosa.
Solo le pido a Dios
Que el dolor no me sea indiferente
Que la reseca muerte no me encuentre
Vacía y sola sin haber hecho lo suficiente
Solo le pido a Dios
Que lo injusto no me sea indiferente
Que no me abofeteen la otra mejilla
Después que una garra me arañó esta suerte
Quizá la presidenta del Estado Mexicano necesita escuchar: vacía y sola sin haber hecho lo suficiente.
Hoy es Nicaragua…




