LA NOCHE DE LOS NAHUALES || DEJAR LA VIDA EN EL AULA
Por Benjamín M. Ramírez
Después de un receso prolongado, maestros, alumnos y padres de familia coincidirán en el entorno escolar. Para el 1 de septiembre, fecha oficial para reanudar actividades escolares, millones de niños, adolescentes y jóvenes regresarán al aula. Ya la mayoría de los docentes iniciaron, desde varias semanas atrás, tareas académicas con vistas a este nuevo ciclo escolar.
Hablaré a partir de mi experiencia docente. El bogar desde hace treinta años en el trabajo educativo me permite realizar algunas valoraciones que quizá sirvan como breves orientaciones para este periodo escolar. Estar en la brega formativa me ofrece el aliciente para ello.
Si bien es cierto que los profesores no regresan de vacaciones, el calendario lo contempla como receso escolar, el periodo se prolongó algunas semanas más por la disposición de la presidenta de la República. A pesar de que en el imaginario colectivo se piensa, y con razón, que los docentes gozan el privilegio de periodos vacacionales extensos, lo innegable es que muchos de estos días son aprovechados, en su mayoría, para la actualización y capacitación en distintas vertientes académicas. Es difícil, aunque existan, el pensar que el docente no se prepara de forma continua.
Los tiempos presentes obligan a trabajar con nuevas herramientas. El dictado y la memorización, revisar y realizar los ejercicios del libro suena más a actividades que rayan en lo obsoleto y no representan un aprendizaje significativo para el estudiante que se distrae con facilidad en sus redes sociales o en juegos interactivos que absorben un valioso recurso en educación, el tiempo.
También me llama poderosamente la atención la precaria y pírrica actualización de los protocolos de actuación en el entorno escolar y, de forma más precisa, en el aula. Pensar y dar por sentado que un docente sabrá qué realizar ante un alumno que porta un arma de fuego o un arma blanca es descargar toda la responsabilidad gubernamental e institucional en el profesor para que este resuelva. Los dados están cargados en una balanza desequilibrada, ante un catedrático indefenso y que no cuenta con las herramientas para actuar en consecuencia frente a la omisión y anomia de un Estado que improvisa.
Al docente se le debe mitigar la carga administrativa o buscar los mecanismos para que estas tareas no sean onerosas para el trabajo que desempeña. Supongo y comulgo con la idea de que deben existir las condiciones mínimas para la ejecución de actividades en el aula encaminadas al aprendizaje efectivo en los estudiantes. Pensar de otra manera y con otras vertientes aceptadas es simplemente allanar el camino a la ignorancia, a la falta de pericia, y, en suma, al bien superior de la niñez.
Los adolescentes y los jóvenes son reacios y rebeldes por naturaleza, porque así lo impone el vaivén social. Hacerlos responsables, resilientes, empáticos, disciplinados y creativos también es una tarea que se debe iniciar en casa. Labores y responsabilidades mínimas pueden fortalecer el espíritu de quien apenas se está formando. Ya lo dice la máxima del evangelio. “Quién es fiel en lo pequeño será fiel en lo grande”. No se puede desviar el cauce de un río de la noche a la mañana.
Los grandes pedagogos y filósofos de la educación, —el Emilio de Rousseau— siempre han ponderado la disciplina, el respeto y la escucha como incentivos que propician el aprendizaje más allá del aula. Restar el valor del orden, cooptar las correcciones y exigir más de los maestros que de los propios alumnos se asume como una justificación ante padres ausentes, la falta de atención frente a los problemas emocionales y conductas inconcebibles por las que atraviesan los educandos.
Pensar la educación es un sinónimo de amor, de atención, de escucha. Reforzar el trabajo docente en el aula no significa realizar los deberes y actividades académicas con las que debe cumplir el alumno, aunque las nuevas pedagogías activas sostienen que las tareas en casa son acciones obsoletas. Privilegiar la convivencia familiar, potencializar el tiempo de calidad e incentivar la comunicación asertiva deberán ser una asignatura por acreditar.
El nuevo derrotero educativo en El Salvador ha regresado la disciplina y la autoridad al docente, promueve el saludo, la cortesía, la vestimenta escolar y el respeto. Lo anterior serán retos que las autoridades educativas en el país deberán contemplar como una demanda urgente que requiere la Nación que está sumida en la violencia, la inseguridad, la muerte y la falta de esperanza.
La llave que salvará a México se encuentra perdida en el aula. La educación es la solución.
En las tres décadas de trabajo en la cátedra puedo entrever un sentimiento de desesperación, apatía, desasosiego, ansiedad, preocupación, malestar y zozobra en la mayoría de los maestros con quienes mantengo contacto.
—No sé qué hacer —es una exhalación recurrente. Muchos ya piensan en la jubilación o pensionarse antes, incluso con un valor menor en el porcentaje de sus percepciones.
—Aunque sea con el 50%. —Ya estoy harto.
O simplemente renunciar a la plaza, al noble apostolado realizado en el aula.
Trabajar —en estos tiempos— en la docencia, es arriesgarse a vivir lo semejante a un calvario. Sin el apoyo de las autoridades educativas o de los padres de familia como el primer referente de la educación, el docente es un ser, en sí mismo, indefenso, inerme y maniatado.
Un maestro perdió la voz. Se ha quedado mudo por hablar durante muchos años. La mayoría de los maestros llevan sobre sí un padecimiento. Estrés, sobrepeso, obesidad, diabetes tipo dos, gastritis, ataques de ansiedad, fatiga visual, trastornos musculoesqueléticos: dolor de espalda, problemas en articulaciones y tendones, burnout, —síndrome de agotamiento profesional— que se refleja en una despersonalización y baja autoestima, son condiciones que en algún momento el docente sufrirá.
Conozco, al menos, tres casos de docentes que fallecieron víctimas de un paro cardiorrespiratorio fulminante dentro del salón de clases. Dos más murieron asesinados por sus propios alumnos. Tres más fueron despedidos cuando se les acusó ante las autoridades educativas por aplicar sanciones disciplinarias, situación que no fue del agrado de los padres.
—Mi hijo no es capaz de semejantes acciones —aseguran impertérrito los padres de familia.
Soy testigo de profesionales de la educación que no se alimentan correctamente porque tienen un cronograma que cumplir.
Es mi deseo que todo fluya de manera positiva en este regreso a clases. Que el desgaste económico —los $400 pesos gastados en la compra de los útiles escolares indicados por la gobernadora de Veracruz— no represente un desafío en las precarias finanzas de las familias veracruzanas, ni en el resto del país. Que la gratuidad en la educación no genere un trastorno en la operatividad de la normalidad mínima en las instituciones académicas.
Concluyo con la pretensión de que el presupuesto destinado para la educación se aplique correctamente y no se quede en los bolsillos de los funcionarios de alto nivel. Que las escuelas funcionen con lo mínimo indispensable, se restituya el valor de la docencia y tengamos cada día mejores estudiantes.
México lo exige. La patria lo demanda.