Por Benjamín M. Ramírez
Hace más de cinco siglos, Nicolás Maquiavelo escribió El príncipe, el libro de cabecera de los políticos de la vieja guardia. Supongo que era un manual devorado por quienes aspiraban a ocupar un puesto público en décadas pasadas. Era el libro de las recetas para los momentos más álgidos en la res pública, la cosa pública: la fuerza, el orden, el castigo, las prebendas, el embute y las dos fuerzas más poderosas: el temor y el amor.
Sin embargo, parece que el recetario ha perdido validez. Siguen siendo los mismos políticos, con delantales diferentes y, sin manual en mano, pecan por omisión y por acción. A Maquiavelo no se le olvidó que el temor y el amor, como dos de las fuerzas más poderosas, deberían ser empleadas estratégica e inteligentemente y, en ello, el oficialismo registra pérdidas.
No percibo, en ningún lado, la firmeza del Estado sino complicidad, aleación e, incluso, sometimiento a las imposiciones de las órdenes impuestas por las fuerzas criminales. A lo largo y ancho del país, las quejas de la población han registrado un aumento en su clamor por justicia y seguridad.
El 74% de aprobación a la gestión pública de la actual administración me genera dudas. Quizá los apoyos a distintos sectores —jóvenes, niños, madres solteras y adultos mayores— constituyan la base que le da un respiro a la aprobación de la actuación de la presidenta de la República, que me parece ajena a los grandes problemas que enfrenta el ciudadano en su cotidianidad. Tres grandes pilares del quehacer público en donde no veo resultados: seguridad, salud y educación.
Si bien una golondrina no hace verano, una persona cercana, con un incipiente negocio que apenas le da para vivir, recibió una llamada telefónica de un desconocido para fijar la cuota del famoso cobro de piso. La cantidad, una suma irrisoria que, añadida a las de otros negocios sometidos, indica la pujanza de los que se dedican a hacer el mal en contra de una inmensa mayoría buena y trabajadora.
Es la realidad, el día a día que vive el ciudadano.
En cuanto a salud, las protestas no vienen sólo de los ciudadanos, sino también de quienes se encuentran en las trincheras. Médicos residentes, en la ciudad de Xalapa, y personal de salud en general protestan, una vez más, por la falta de insumos, invalidando con ello el discurso oficial de que el abasto de medicamentos está garantizado en clínicas y hospitales. Una cosa es lo que afirman las autoridades; otra, la lucha en el campo de batallan que libran quienes tienen que responder a las demandas ciudadanas.
En este otro frente, el de la salud, el discurso carece de fuerza ante la contundencia de una realidad incómoda, irreverente y que destrona a su alteza frente al espejo.
A veces, una broma para aliviar el tedio y el sopor de los últimos días: ¿Qué pasaría, afirmo a mis compañeros de trabajo, si un padre de familia inconforme, un alumno resentido o un marido celoso llegara a realizar una masacre?
Y entonces me cuentan sus desventuras: amenazas, improperios, faltas de respeto, indisciplina, ausencias prolongadas, uso de la IA para responder en los exámenes y resolver los ejercicios en clases.
En Coahuila tenemos la respuesta más contundente: los dos jóvenes que arremetieron en contra de la población escolar y el personal docente y administrativo por un «odio a la institución». El debate se intensificó al conocerse los hechos. Algunos expresaron su encono contra los docentes y señalaron los traumas que genera la escuela como espacio escolar, quizá derivados del acoso escolar; otros más arremetieron contra el rol de los padres de familia y su falta de atención, dejando a la escuela como una simple guardería y desentendiéndose de la responsabilidad que les compete en la educación y formación de valores.
Incluso, otras voces se alzaron contra la escuela como institución y contra las autoridades, señalando su falta de acción; también responsabilizaron a la política educativa vigente. Lo cierto es que la labor del profesor ya se incrusta como una profesión de alto riesgo. Nadie ni nada protege al docente, quien, inerme ante su destino, se encuentra maniatado ante un sistema educativo indolente, apático, ausente y anómico a su dolor.
La secundaria 13, «Justo Sierra Méndez», en Coahuila, debe despertar las conciencias de quienes tienen en sus manos la política educativa nacional. No se trata solo de una política de contención ante las situaciones más apremiantes dentro del aula o en el entorno escolar; tampoco de una simple revisión de protocolos que criminalizan antes que prever situaciones de riesgo, del desayuno escolar que el educando ve con desdén y que termina en el bote de la basura, en el mejor de los casos, o de incentivos económicos que ni siquiera son paliativos para las carencias emocionales que presentan día a día.
En mi quehacer diario dentro del aula, puedo detectar diversas situaciones emocionales: desde una fuerte crisis de ansiedad, frustración, padres ausentes, familias disfuncionales, hasta abusos en sus diversas modalidades, adicciones, falta de hábitos sanos, prácticas de riesgo en diversos ámbitos y situaciones más complejas que escapan a la labor docente.
Y entonces las premisas maquiavélicas cobran sentido. Mientras las dádivas caigan en las manos correctas, la seguridad, la salud y la educación pueden irse a ondear changos por la cola.
Sin embargo, no se trata de soltar a manos llenas hasta que la deuda, de por sí impagable, sea más grande. Se trata de dar, sí. Inteligentemente, estratégicamente, convencionalmente.
De la forma correcta, no convenientemente.
Mientras farmear aura sea la línea educativa por seguir, una tiza de sangre seguirá escribiendo en la pizarra el derrotero o el destino del magisterio.
El problema comenzó cuando se despojó al maestro de la autoridad inherente a su cargo; cuando se relajó la disciplina y la eficiencia terminal pesó más que el aprendizaje; cuando se premió la asistencia como criterio único de evaluación; cuando el esfuerzo perdió pesó frente a la matrícula; cuando el Estado abandonó al maestro a su suerte.
Entonces sí, la violencia abrió la puerta, mancho a la tiza y dejó sobre la pizarra su rastro de sangre y su mensaje de muerte.
Acostumbrarse a la violencia y la muerte como el promedio cotidiano sin común denominador será la lección más dura que deberá aprender el magisterio.
Concluyo, manifestando mi inconformidad ante la verdad —si lo es— de personas altamente bendecidas que acumulan inmensas riquezas sin haber trabajado, hasta hoy, un solo día.



