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Pisa, pisa fuerte o la búsqueda infructuosa de la solución errada || La Noche de los Nahuales

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Por Benjamín M. Ramírez

Siempre quedo sorprendido por la celeridad y rapidez con la que mis estudiantes resuelven los ejercicios, las tareas y los exámenes. Con algunos, ni siquiera han pasado los cinco minutos —creo que es una exageración—, porque en algunos casos son dos o tres minutos; o ni siquiera termino de entregar la última hoja de examen cuando más de uno me expresa el clásico:

«— Ya terminé, maestro».

Supongo, sin conceder, que la premura obedece al deseo de disfrutar del resto del tiempo correspondiente a la sesión para pasarla con sus compañeros, salir a contestar los formularios en equipo o, simplemente usar la inteligencia artificial para la resolución de cualquier actividad académica.

Sería injusto pensar que mis pupilos hacen trampa. Es más, ni siquiera consideran que sea algo inmoral o que va contra toda ética elemental. No existe la conciencia, ni un Pepe Grillo —Pepito Grillo— que advierta o aconseje. O simplemente, quizá se cumpla el axioma de Nietzsche en Más allá del bien y del mal o La genealogía de la moral.

«—Así, es más fácil».

Pisa ha sido el pretexto para los detractores de la política educativa vigente de la Cuarta Transformación, 4T, y el mal de muchos como consuelo de quienes usufructúan la generosidad del poder, porque, en última instancia, para propios y extraños, la educación y los aprendizajes son de los rubros que menos importan.

La evaluación de PISA de 2025 viene a ser un balde de agua fría en los intentos infructuosos por corregir los derroteros y el sino de la política educativa. Es impensable para el titular de la SEP aceptar y colegir lo que a todas luces es evidente: la educación y los aprendizajes significativos están de picada; ya no representan para el educando un valor en sí mismos.

Sí. Los resultados botan y rebotan en el escritorio del ministro de educación, en la mesa del secretario plenipotenciario, que pretende un día sí y otro también, transformar por arte de magia las deficiencias en el rubro educativo.

Sí, lo es, y de forma urgente: aceptar los resultados que una prueba estandarizada entre los países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, OCDE, ha emitido a partir de la aplicación de la prueba PISA en sus Estados miembros.

Los estudiantes evaluados por PISA, los alumnos que están a punto de egresar de la educación básica —tercer grado de secundaria y bachillerato—, jóvenes que han cumplido 15 años —15 años 3 meses y 16 años, 2 meses—, han quedado rezagados por debajo del promedio de los países que integran la OCDE. A la cabeza se encuentran China, Singapur, Macao, Taiwán (Taipéi), Japón, Estonia, Corea del Sur, Reino Unido, Canadá y Nueva Zelanda que se ubican en los 10 primeros lugares.

El sistema educativo nacional reflejó en los resultados de PISA lo que se resalta a simple vista: México obtiene el nivel más bajo en comprensión lectora y matemáticas en 20 años; ocupa el penúltimo lugar en ciencias y comprensión lectora entre los países miembros de la OCDE, y el cuarto más bajo en pensamiento computacional; la mitad de los estudiantes en México no alcanza el nivel básico de aprendizaje en ciencias.

Los resultados de Pisa ubican a México en el lugar 64 de 91 países evaluados, o en el lugar 38 de 39 miembros del ranking interno de la OCDE. Se avanzó en ciencias por cuatro puntos, pero se sigue por debajo del promedio de los estándares de la OCDE; se retrocedió en matemáticas y comprensión lectora por siete puntos.

A diferencia de El Salvador, cuyos resultados siguen muy por debajo de los obtenidos por los estudiantes mexicanos, aumentó 12 puntos en ciencias, 2 puntos en comprensión lectora y 3 en matemáticas. Algo estarán haciendo bien en esta región centroamericana.

Quizá debemos retomar algunas técnicas del pasado, como las reglas básicas, el orden, la disciplina y el respeto; inculcar desde el hogar principios básicos de convivencia y la atención hacia el interlocutor.

A veces, y sólo a veces, me meto en serios problemas por ser un maestro exigente. Quizá nunca he sido un docente con la vara o la regla de castigo en la mano, mucho menos de proferir palabras para denostar la integridad emocional de mis alumnos, pero estoy obligado, en aras de la estabilidad emocional, a sobrellevar los ataques de ansiedad y el estrés de quienes están a mi cargo y a evitar, a toda costa, la confrontación con los padres de familia.

Quizá yo también he estado al borde del colapso emocional, al borde de la última sesión, de cuestionarme seriamente, cada día, si vale la pena ser docente. Confieso que no sé hacer otra cosa. O de preguntarme, una y otra vez, si es conveniente o no solicitarle a un alumno que repita la actividad académica, de premiar, de emplear la propuesta del condicionamiento clásico de Pavlov, explotar la teoría del estímulo—respuesta de Watson o el condicionamiento operante de Skinner. Pero el calor que, en los últimos días, sobrepasó los 40 grados centígrados me hizo desistir en mi lucha en contra de mis molinos de viento.

«—Profe —me dice un alumno—, ¿puedo usar mi ventilador? Tiene carga para catorce horas».

«—Úselo todo lo que pueda —asentí.

Frente a la torpeza de quienes dirigen el sino de la educación en nuestro país; de sus planes improvisados, sin una estrategia clara en el rumbo verdadero para lograr la excelencia académica; de los sinsabores de la Nueva Escuela Mexicana, NEM; frente a los cambios de paradigmas y contenidos; frente a la pretensión de revolver infructuosamente agua y aceite, me quedo con la normalidad mínima operante del deber cumplido.

Es una tarea que se antoja imposible, como el afán de Sísifo en su intento de llevar la roca a la cúspide la montaña: pretender resultados paliativos en PISA cuando existen las carencias más elementales en los centros escolares: internet, centros de cómputo, sanitarios, agua corriente, biblioteca, piso firme, ventiladores y, en general, aulas dignas. Por no hablar de la precarización docente con pagos de salarios vencidos de hasta más de un año, sin devengar un solo peso.

PISA, en México, es un sinsentido. No es vinculante. No atrae. No enamora. No representa nada en el imaginario mexicano, ni siquiera por el orgullo de sacar la casta. La evaluación no representa un verdadero paradigma en el afán del estudiante. Sus resultados no impactan en el quehacer cotidiano del alumno.

Quiero pensar que Pavlov, Watson o Skinner tienen razón. Quizá un premio, una recompensa, un bono, un paliativo para escoger la universidad de su elección o una beca estudiantil.

Mientras el titular de la SEP se la pase farmeando aura, la educación puede irse a ondear changos por la cola.

Concluyo con un breve relato compilado por A. de Mello en su obra El canto del pájaro (Sal Terrae, Barcelona, 2004):

BUSCAR EN LUGAR EQUIVOCADO

Un vecino encontró a Nasruddin cuando éste andaba buscando algo de rodillas. «—¿Qué andas buscando, Mullah?».

«—Mi llave. La he perdido».

Y arrodillados los dos, se pusieron a buscar la llave perdida. Al cabo de un rato dijo el vecino:

«—¿Dónde la perdiste?». «—En casa».

«—¡Santo Dios! Y entonces, ¿por qué la buscas aquí?».

«—Porque aquí hay más luz»

Y quizá PISA solo sea: buscar la llave donde hay luz, aunque la hayamos perdido en otro lugar.

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