Por Isabel Mendoza
Playas de Rosarito, 16 de marzo de 2026.- En las inmediaciones de Pabellón Rosarito, una madre que permanece en el anonimato recorre la zona diariamente como vendedora ambulante de dulces. Su presencia constante tiene un motivo profundo: costear el tratamiento de su hijo, un joven que era estudiante becado y cuya vida cambió drásticamente en 2020.
“Mira, lo que yo les quiero decir a los jóvenes es que, cuando vayan a un antro, se cuiden; que no confíen en las amistades”, relata con voz firme pero cargada de sentimiento.
Según la madre de familia, la tragedia ocurrió cuando el joven, confiando en su entorno social, aceptó una bebida sin sospechar que había sido alterada. “Mi hijo en el 2020 tomó una bebida; terminó la prepa y se fue con los amigos a festejar y desde ahí ya no quedó bien”, explica.
Los exámenes médicos confirmaron que le suministraron alucinógenos sin su consentimiento, provocando un daño irreversible en sus neuronas. “En la sangre todo eso le salió”, menciona mientras muestra las recetas médicas que hoy definen su rutina.
La vida de esta familia se transformó en una lucha económica incesante. Tras una estancia en el hospital psiquiátrico de Otay en Tijuana, los costos se volvieron insostenibles. “Ahí cobran 20 mil a la semana. Tuve que meterlo a un anexo porque ahí me cobran 10 mil al mes”, detalla la madre. Ella hace hincapié en que, aunque se encuentra en un establecimiento de rehabilitación, el caso es puramente clínico: “Mi hijo es diferente a los otros muchachos… él no debería estar en anexo, es un caso psiquiátrico”.
Hoy, ella camina por el estacionamiento de Walmart en la Zona Costa de Baja California ofreciendo dulces para cubrir los gastos de salud. Relata que no pudo emprender acciones legales por la disparidad económica frente a los responsables. “No quisimos investigar tanto porque yo no tengo la misma solvencia que los demás… los amigos de él eran de familias con dinero”, confiesa. Su objetivo es que su testimonio sirva de advertencia para otros jóvenes de Playas de Rosarito.
Este hecho ha dejado una huella permanente en la vida de ambos. Mientras ella continúa su labor como vendedora ambulante para costear los fármacos, hace un llamado a la conciencia ciudadana. El daño neuronal es irreversible y lo que inició como un festejo terminó en una vida de cuidados especiales. Su mensaje es una súplica por la precaución: la confianza desmedida puede arrebatar el futuro en un solo instante.

