Michoacán, después del niño ahogado
La noche de los nahuales Benjamín M. Ramírez
La narrativa oficial peca de ignorancia, de suspicacia o pretende escudarse en su hegemonía, pero la verdad salta a la vista y no existe poder humano que pueda cubrirla. La estrategia puede ser un plan maestro en el escritorio, un mal plan en el campo de batalla. Hablamos del Plan Michoacán por la paz y la justicia.
El reciente incidente del supuesto acoso en contra de la titular del Poder Ejecutivo me parece un distractor, una cortina de humo, que permite cambiar los reflectores de la crisis de gobernabilidad en el país. Lo sostengo con conocimiento de causa: nadie puede acercarse tanto a la presidenta de la República con las facilidades que se le otorgaron al presunto hostigador y no ser reconvenido o sometido en el acto. Más, si el indiciado se encontraba bajo los influjos del alcohol o de estupefacientes. El corte de cabello estilo militar deja abierta la posibilidad a cualquier especulación. En suma, no es creíble.
El oficialismo detenta todo su derecho en comunicar lo que le favorece, a creer en la vieja consigna que la reproducción continua de una mentira que, a fuerza de repetición, se convierte en una verdad. Lo que se dice a través de los medios oficiales contrasta con la realidad que el ciudadano percibe en su día a día. Las estadísticas pueden disminuir, pero la contundencia de la realidad tumba cualquier discurso.
¿Por qué le debe preocupar al poder lo que sucede en Michoacán? La obligación del Estado, desde la perspectiva de “El Contrato Social” de Rousseau es la de brindar seguridad al ciudadano. El problema de la inseguridad no se resuelve con discursos ni con planes que suenan rimbombantes. “Plan Michoacán…” Superar el modo salvaje, la etapa natural del ser humano o el “homo lupus homini”, de Thomas Hobbes.
Hobbes describe en su obra el Leviatán, “El estado de la naturaleza” en la que el hombre es condenado a vivir de forma salvaje, solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta, con el telón de fondo de una guerra de todos contra todos.
Plan Michoacán, ¿Por qué hasta ahora? La exigencia de la ciudadanía no se reduce sólo a unos cuantos. La inseguridad la padecemos todos: es difícil reconocerlo, no hay seguridad, el cobro de piso, la extorsión, los robos a mano armada y la incertidumbre se palpa en cada tramo del camino.
El problema no solo se suscribe a Michoacán. En muchas entidades federativas se palpa y se vive el mismo suplicio. La ausencia de un Estado fuerte y del imperio de la ley es evidente. No hay gobierno. Los delincuentes pueden y están seguros. No hay castigo para los delincuentes y si llegan a ser detenidos ya conocen el camino para evadir la ley.
Inmediatamente después de la ejecución del alcalde de Uruapan, en las declaraciones de la mañanera del pueblo pude percibir enojo y molestia en el ánimo de la titular del Poder Ejecutivo cuando debería existir preocupación y urgencia en este caso de crisis. Una y otra vez se vuelve a la narrativa de los gobiernos del pasado. Ojalá y las manifestaciones, pagadas o no, encauzadas o no, puedan despertarlos del letargo en el que se encuentran.
El discurso recurrente de los gobiernos del pasado, de culpar a las administraciones anteriores, de que las cosas no se hicieron bien, ya debe ser superado. Pero, al parecer, la receta funciona. El pueblo lo cree.
Absurdo o no, la cortina de humo, la distracción de la opinión pública en un incidente menor, que lo crea así quien lo quiera, funcionó. Atemperó las candentes aguas de la inconformidad social, del hartazgo, de la impotencia.
La petición de la revocación de mandato no es motivo de preocupación para la actual mandataria si el nivel de aceptación supera incluso los porcentajes del sexenio anterior. Pero bajo la consigna de “El pueblo pone y el pueblo quita” no debe ser desechado a modo o conveniencia. Así lo determina la obra de J.J. Rousseau. Quizá sea necesario concluir con las consultas de “El príncipe” de N. Maquiavelo y empezar la lectura de “Utopía” de T. Moro. Si en verdad queremos una sociedad diferente. En caso contrario, el gobierno de la continuidad solo repite las políticas del pasado.
Desde mi percepción no hay ni pizca de transformación. Solo es una ilusión. Los que antes eran rojos o azules ocupan puestos preponderantes en la administración actual o en los gobiernos estatales. Sólo se mimetizaron, se disfrazaron, se adaptaron. Son conscientes del viejo adagio, vivir fuera del presupuesto es estar en el error.
El peor error que pudiera cometer el oficialismo es posicionar en espacios claves de elección popular a los que antes militaban en la oposición y combatían con ahínco a Morena. Los auténticos luchadores y activistas sociales han sido desplazados por políticos que poseen un colmillo largo o uñas rapaces capaces de vaciar el erario.
Concluyo lamentando el pírrico, pero ambicioso objetivo del Plan Michoacán. Este país y su trasfondo social no está para cirugías menores, la convulsión social requiere un cambio radical en el instrumental quirúrgico, en los especialistas del desastre, y en el cambio de la sala de expulsión.
La revocación de mandato va y quien no quiera ver fantasmas que no salga de noche.
