Por Benjamín M. Ramírez
El estado de Veracruz ha pasado por momentos álgidos en su historia: saqueos, corrupción, violencia, negligencia y muerte han sido constantes desde los olmecas, pasando por la llegada de Cortés, hasta nuestros días.
Lo épico en su devenir es que el veracruzano resiste, incluso a la fuerza de los huracanes que solo han mellado en parte a la inédita geografía del estado, incluyendo al icónico volcán San Martín, en la zona de los Tuxtlas, coloso que hace impenetrable la fuerza de los vendavales.
No ha sido la fuerza de la naturaleza lo que más ha dañado a Veracruz, sino la negligencia de sus autoridades que, ufanándose en la soberbia que caracteriza a los que se encuentran encumbrados en el poder, dilapidan recursos y profieren disculpas después de sus atrocidades inconmensurables.
Solamente es necesario abrir el baúl de los recuerdos: niños con cáncer tratados con agua destilada; personas asesinadas, pero que fueron víctimas de un infarto o como suicidas y que, después de recibir un disparo en la cabeza, supuestamente tuvieron un arco reflejo que les permitió colocar el arma homicida entre sus piernas. Porque en Veracruz la violencia dicta su mensaje de muerte y el oficialismo lo consagra. En suma, aquí no pasa nada.
El problema es que sí sucede. Y en demasía.
Y aquí radica todo el mal. El titular del IMSS-BIENESTAR, Roberto Ramos Alor, médico cirujano por la UNAM, con formación en pediatría médica y neumonía pediátrica, abogado por la Universidad Veracruzana, UV, lanzó una amenaza velada en contra de los médicos residentes del Centro de Alta Especialidad, CAE, en Veracruz:
«—“Si usted no quiere operar y no participar, no opere, no opere sencillamente porque usted se siente ofendida de que no tiene las herramientas para operar, pero no opere, así de sencillo”.
Luego amagó:
«—“Usted es residente y depende de la institución, de la Dirección de Enseñanza e Investigación, y su evaluación depende de nosotros”.
Considero que lo expresado por el titular de IMSS-BIENESTAR —ya el galeno ofreció disculpas después del vendaval de reacciones negativas y de viralizarse su amenaza y una exigencia contundente para exigir que renuncie— es una bajeza, una torpeza descomunal, una sinvergüenzada, una afrenta, un síntoma de que merecemos lo que elegimos. Veracruz es el síntoma y no tiene remedios paliativos.
El sistema de salud en nuestro país, y de manera particular en Veracruz, está colapsado.
Tan es así que la propia secretaria de Salud prefiere los servicios de salud privados antes que los del Estado; no puede arriesgarse. Nadie encumbrado en el poder, y con tantos recursos a su disposición, pondría su salud en un sistema que no ofrece garantía, ni insumos: gasas, agua oxigenada, apósitos; material de curación: guantes, cubrebocas, batas, gorros; material de administración: jeringas, agujas, catéteres; y material de diagnóstico básico: hisopos y tiras reactivas.
No. No le llegamos todavía ni a los talones a Dinamarca.
Hace muchos años, 25 para ser exactos, llegué a un hospital. Me pidieron que surtiera una lista de insumos para dar paso a la intervención quirúrgica.
«—No los tenemos, señor —me dijo el galeno—. Pero, si usted quiere…
La realidad es tan evidente que las autoridades prefieren voltear a otro lado para no verla. Asumen que, en su imaginación, los hospitales funcionan sin carencias, que las farmacias están surtidas y que los ciudadanos reciben una atención de calidad, imparcial, gratuita, pronta y expedita. Nada más lejos de la situación.
Ni hablar de las condiciones salariales, laborales, contractuales, de salud y estabilidad emocional del personal sanitario, sobre todo de aquellos que trabajan gratis: los médicos residentes. Sobreexplotados, expuestos a laborar en condiciones insalubres por no contar con lo insumos necesarios para el desarrollo de su labor, sometidos a jornadas inhumanas, y a agresiones, físicas y verbales por parte de los pacientes y sus superiores.
Y con Ramos Alor ha sido la gota que derramó el vaso.
Los residentes alzaron la voz. Trabajadores de la salud se unieron en una marcha para exigir mejores condiciones, abastecimiento pleno en clínicas y hospitales, mejores condiciones salariales y laborales y, sobre todo, la renuncia del delegado del IMSS – BIENESTAR.
Sin embargo, pese a todos los reclamos y señalamientos la gobernadora de Veracruz respalda a Ramos Alor: “Nos ha ayudado mucho con las “carretillas” (camionetitas) de la salud.
No solo le brindó el espaldarazo, sino que negó la crisis en las clínicas y hospitales: “Son pocas las claves de material de curación y se está comprando (…). Todos los días llegan medicamentos”.
También cuestionó la marcha de los trabajadores de la salud, quienes exigieron la intervención de las autoridades y denunciaron que la entidad atraviesa una crisis sanitaria y que se requiere una acción urgente, no discursos.
Por si esto fuera poco, en el Hospital General de México, Eduardo Liceaga, 135 médicos residentes enfermaron de gastroenteritis aguda, debido a un brote de salmonela, en agosto pasado.
A los residentes no se les dejó usar el servicio de salud al que tienen derecho. No se les permitió buscar un servicio médico privado. Se les confinó en el hospital para evitar la que se diera a conocer la negligencia criminal.
El número de residentes que fueron afectados, quizá más del doble, evidencia la crisis sanitaria que impera en todo el sistema de salud del país, que un día se atrevió a creer que tendría uno similar al de Dinamarca. Que no es lo mismo, pero sí corrupto.
A propósito del próximo Examen Nacional para los Aspirantes a Residencias Médicas, ENARM, pregunté porqué no se abren un número mayor de plazas para los aspirantes.
Respuesta lógica: no existen las instalaciones, condiciones, insumos y recursos públicos para la realización de la residencia. Y, sin embargo, el país tiene un déficit importante de médicos especialistas.
Parece irrisorio ofrecerles a los médicos especialistas la pírrica cantidad de veinte mil pesos mensuales para trabajar en zonas de alta marginación. Casi un insulto.
Me gustaría que también se le ofreciera esa misma cantidad de salario a los funcionarios públicos y representantes de elección popular, para conocer la capacidad casi fantástica para producir dinero por arte de magia y amasar las fortunas y propiedades insultantes que se les da muy bien presumir.
Quiero terminar estas líneas con una muestra de solidaridad a los pueblos afectados por la explosión e incendio ocurridos en una planta productora de sal en el municipio de Jáltipan, que provocara la evacuación de las comunidades aledañas al siniestro.
Espero que las autoridades se preocupen verdaderamente por las personas más vulnerables, las más necesitadas, y que la solidaridad impere en el ánimo de los veracruzanos.
Veracruz soporta, y con tesón, la fuerza del vendaval, pero la negligencia de los gobernantes en turno puede derribar algo mucho más importante: la confianza de la sociedad en sus instituciones.




