EN EL REINO DE LOS INSEGUROS O DOS AÑOS DEL SEXENIO.
Capté su mirada perdida, anodina y sin brillo. —Aquí no se paran ni las moscas, dice. —Y quizá sean los únicos clientes que atienda por la mañana, —masculla entre dientes— mientras lleva la limpieza del pequeño local en donde expende gorditas y otros platillos, aparte de los chilaquiles.